Pehuajó

Quiero compartir con ustedes un momento bastante especial que acabo de experimentar. Como sabrán los que están cerca mío, hace un tiempo ya que no vivo en nuestra patria Argentina, y el estar lejos, muy lejos, tiene la extraña consecuencia de hacerte añorar las tierras que te vieron crecer.

Ayer llegué a Pehuajó, ciudad en la que me crié. Fui a visitar familia, recorrí las calles que guardan los recuerdos de mi infancia y adolescencia, y el resto del tiempo me quedé piola en la casa de mi madre.

Hoy, a pocas horas de volver a partir, elegí pasar algo del tiempo que me quedaba eligiendo los libros que voy a llevarme. Me gustan los libros argentinos viejos y que ya no se editan, porque es material que anhelo y no se consigue donde vivo.

En esta casa, que es muy pequeña, los libros no faltan. Hay cinco bibliotecas con todos los estantes llenos. Algunos estantes, incluso, tienen libros en doble o triple fila, cual calle platense en hora pico.

En una de las bibliotecas, en el primer estante empezando de abajo hacia arriba, ese en que uno siempre pone las cosas que nunca más va a leer, encontré un libro viejo, muy chiquito, casi una revista, que me llamó la atención. El título es “El Umbral de las Letras”. Aunque llamativo, lo que en realidad captó mi atención fue el subtítulo, que decía “Revista Literaria Editada en Pehuajó”. Luego de una rápida ojeada decidí llevármela. Tenía escritos, cuentos, poemas. No son géneros en los que ahonde mucho pero, estando lejos, todo sirve.

Cerré la revista y la tiré en la mochila. La volví a sacar. La abrí en la última página. El título del único texto que había me volvió a llamar la atención: “Canto sencillo a Pehuajó”. Aquí se los copio.

Hace mucho que te dejé
para seguir andando
otros caminos.

Pero no te olvidé
porque encierras los más gratos recuerdos
de mis años frescos:
mis juegos con rondas infantiles
de Mantantirulirulá,
de Arroz con leche.

Nunca partí del todo,
de tu tierra horizontal,
de trigo y manzanilla,
donde los ojos azules de los cardos
me miraban buscando mis ensueños.

Siempre estuve muy cerca
de tus largos caminos polvorientos,
como aquel que tenía tres álamos erguidos,
cuando iba a Madero.

La hora me llega ahora
con imágenes de los primeros cuentos
del Zorro y Periquita
que recogió mi padre, allá en el Sur
su patria chica, y que antes de dormir,
nos los contaba, para que el sueño,
llegara más ligero.

Cuando la primavera
visita la gran ciudad,
que ahora alberga mis anhelos
siento ganas de mirar tus alfalfares
poblados de alas frágiles, brillantes,
en rápidos revuelos,
de buscar un trébol de cuatro hojas
mientras las flores rosadas
me llenan las manos con aromas
agrestes, de otros tiempos.

Pehuajó, no te alejas de mí
ni un solo instante
porque en todo mi ser
danza su danza, María mi primer maestra,
el trompo zumbador de mi hermano Raúl
el Negro. Y Tarzán sus hazañas y su Chita
de mi hermano Roberto,
la Escuela Normal, donde
encontré el camino que más quiero,
las amigas y amigos, la vuelta por la plaza
las rondas por Florida,
los bailes del Social y del Atlético.
El amor primero. La pareja.
El ser madre y abrazar la hija
pequeña, pequeñita y sentirme
inundada de su amor
más puro y nuevo.

Yo sé que sólo estoy diciendo
Pehuajó, lo que siento.
No sé cantarte en otra forma
ni en otro verso.
Mi vida empezó en ti.

¡Ojalá cuando llegue
el día de mi gran Regreso
pueda dormirme en tu tierra
horizonte, apenitas
quebrado por las frondas verdes
de álamos erectos,
de eucaliptos olorosos
de paraísos semilleros,
de sauzales llorando la agonía
de un día sin regreso!

Ojalá, que ese signo
que Dios puso en tu cielo,
la Cruz del Sur, por los Siglos
siga bendiciendo tus gentes,
con sus sueños, tus campos y ganados
y sobre todo tus anhelos
de hacer felices a tus hijos
los que habitaban en ti
y los que están lejos.

Cuando lo terminé de leer, quedé un poco atontado. Nunca estuve demasiado apegado a este pueblo, me siento más platense que pehuajense, pero aún así la cantidad de referencias que encontré tuvieron un gran efecto catártico. El hecho de vivir lejos, los juegos, los paisajes, los lugares conocidos, e incluso la Cruz del Sur que mi padre nunca se cansó de mencionar.

Reflexionando, cerré el librito nuevamente y me dispuse a meterlo en la mochila, esta vez con un poco más de delicadeza. Impulsivamente lo saqué de vuelta, quería ver quién había escrito el canto. Y ahí la sorpresa. Lo extraño, la casualidad, la causalidad. La autora era Elba Benencia, mi tía abuela. El mencionado Raúl no es otro que mi abuelo, de quien soy homónimo.

Así, sin esperarlo, me enteré que mi abuelo tenía un trompo zumbador, y que le decían El Negro. Me enteré que su padre consideraba al sur, vaya uno a saber dónde, como su patria chica. Me enteré que esa fascinación que tenemos por la Cruz del Sur viene de unas cuantas generaciones atrás.


Termino de escribir estas palabras desde el Plusmar, que me lleva a mi querida La Plata. El cielo está estrellado así que busco la protagónica constelación, pero no la encuentro. Entiendo, claro, que está atrás, junto a Pehuajó, que ya se siente bien lejos.